Al comienzo de los tiempos, en la era del hombre prehistórico, el lenguaje como tal no existía. Las sonoridades orales estaban limitadas a gruñidos, risotadas, estornudos, hipos, etc. Hubo entonces un hombre profundamente espiritual e intuitivo, pero lleno de una gran frustración. De forma instintiva, pero con la convicción más grande que había tenido en su vida, este hombre supo que había llegado el momento de emprender un largo viaje. Así, caminó por semanas sin consciencia exacta de su destino, mas sin un ápice de dudas sobre la ruta tomada y la santidad de su misión. Luego de viajar un largo período, arribó a una montaña de suprema mejestuosidad y eminencia, una corona sobre la tierra. *

Las dificultades encontradas en la primera fase de su viaje (una verdadera saga en sí misma) fueron nada en comparación a los riesgos que supuso escalar aquel monumental fenómeno topográfico. Y él escaló y escaló, sin reposo, comida y agua, en medio de las más severas condiciones climáticas. Su ascenso fue lento, una agonizante experiencia de tormentosa tortura. Finalmente, tomando un profundo aliento y usando el último vestigio de sus fuerzas, el hombre escaló lentamente la cima del pico más alto, y allí, sobre una pequeña laja, desfalleció. Por días permaneció inconsciente en aquel lugar, tiritando entre la vida y la muerte.

Por último el hombre despertó, y cuando lentamente abrió sus ojos y alzó su cabeza, fue confrontado con el más profundamente embriagador de los paisajes imaginables – una desatada expansión de completa belleza en todas las direcciones: colinas afablemente ondulantes con traviesas corrientes y ríos trenzados entre ellas, tan lejos como el ojo podía percibir. Densos y multicolores follajes de infinitas y variadas formas decoraban las más regias montañas. Vio lagos cristalinos, inmensos desfiladeros rocosos y praderas apacibles- todo lo cual lo llevó a sentir que todo su ser había sido purificado y rehenchido con una gran fuerza y regocijo. En aquel momento histórico, su boca se abrió, y en un instante de total libertad y realización, el hombre gritó sobre su planeta con completo e ilimitado abandono
– GAGEEGO!

Y muy, muy abajo, un pequeño chico que inocentemente por ahí pasaba, ojeó curiosamente hacia arriba respondiendo: “Qué?” El chico había pronunciado, de ese modo, la segunda palabra.

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GAGEEGO! La primera palabra
* Fue en esta misma montaña que el vocablo “montaña” fuera más tarde concebido.