Al comienzo de los tiempos, en la era
del hombre prehistórico, el lenguaje como tal no existía.
Las sonoridades orales estaban limitadas a gruñidos, risotadas,
estornudos, hipos, etc. Hubo entonces un hombre profundamente espiritual
e intuitivo, pero lleno de una gran frustración. De forma
instintiva, pero con la convicción más grande que
había tenido en su vida, este hombre supo que había
llegado el momento de emprender un largo viaje. Así, caminó
por semanas sin consciencia exacta de su destino, mas sin un ápice
de dudas sobre la ruta tomada y la santidad de su misión.
Luego de viajar un largo período, arribó a una montaña
de suprema mejestuosidad y eminencia, una corona sobre la tierra.
*
Las dificultades encontradas en la primera fase de su viaje (una
verdadera saga en sí misma) fueron nada en comparación
a los riesgos que supuso escalar aquel monumental fenómeno
topográfico. Y él escaló y escaló, sin
reposo, comida y agua, en medio de las más severas condiciones
climáticas. Su ascenso fue lento, una agonizante experiencia
de tormentosa tortura. Finalmente, tomando un profundo aliento y
usando el último vestigio de sus fuerzas, el hombre escaló
lentamente la cima del pico más alto, y allí, sobre
una pequeña laja, desfalleció. Por días permaneció
inconsciente en aquel lugar, tiritando entre la vida y la muerte.
Y muy, muy abajo, un pequeño chico que inocentemente por ahí pasaba, ojeó curiosamente hacia arriba respondiendo: “Qué?” El chico había pronunciado, de ese modo, la segunda palabra.